Río que quiere caerse

1 Jul

         

 

Para Angélica Eliosa

Una hoja de papel cruza por enfrente de mí. Roza mis pestañas, motivada por el viento de esta tarde húmeda y bochornosa. Hace que se me escapen tres o cuatro pensamientos, a estas alturas ya no sé la cantidad. Me detengo justo antes de bajar al arroyo de una calle transitada. Mecánicamente, miro hacia los lados y al frente, la cuenta regresiva en el ámbar del semáforo peatonal señala diez segundos acompañado del monito rojo en posición de firmes; clavado ahí, miro el papel que me arrancó de cavilar y dos pestañas, atorado sólo un instante a la entrada de una alcantarilla. Ahora ya puedo cruzar mientras voy pensando que quizás no me distrajo, que más bien salvó mi vida. Esa hoja tenía algo y no sabré qué. A veces a esto se le puede llamar buena suerte, o que no me tocaba, o quién sabe cuantas cosas que ignoro. Lo que no ignoro, es la razón por la cual vengo pensando. Vengo pensando en ti.

Reanudo la marcha, y mi cerebro en automático reanuda la suya, cabeza y pies sufriendo de sincronía. Sí, pienso en ti. Ahora intento recordar lo que hace unas semanas alguien te dedicó espontáneamente, y tú casi olvidas, está a punto de aparecer en mi lengua; la punta juega con el inicio de la frase, ya viene; una media azul marino busca ganarle el paso y el espacio a mi mezclilla, pierna obstinada, bien torneada y de taconeo seguro. Muerdo la punta de mi lengua admirando su falda armonizando con el resto de su cuerpo y la frase se me escapa, vuelve a su cajón, a su archivero; la oficinista de azul, con esa prisa, seguramente regresa también al suyo.

Sigo caminando, pies y piernas conectadas a mi pensamiento, por más pisotones que les otorguen. Sigo recordando esa última charla telefónica  que tuve contigo. Pero la frase, ¿cuál era? Ya vendrá. Ahí está, late agazapada, esperando saltar desde algún cajón de mi archivero. ¿Pensaba en ti, no? Pues bien. Aquí estás, ahora de blusa roja y jeans. Lacia cola de caballo –al menos siempre te veo con el pelo así-, seria, apenas una muy leve sonrisa asoma por las comisuras de tus labios. Tenue, escuchando los comentarios, leyendo. Reposada, pasando desapercibida, pequeña y blanca. Pedazos de recuerdos de ti, además de los que tendré de ahora en adelante.

Seguramente se trata de algo que no termino de admitir. Es algo a lo cual no quiero soltarme aún. Me pregunto: ¿será posible que, en sólo unas semanas, con sólo algunas llamadas, una salida a un concierto, un par más a cafés, esté pasándome algo parecido a sentir que así como que creo que igual y no sé pero en fin…? Mmm, basta de rollos, Javier. Al grano. Creo que me estoy enamorando de ti. Como tú sabes, no termino de admitirlo. ¿Lo haré al llegar a la próxima esquina, o cuando llegue al metro Hidalgo? ¿Regresando del trabajo hacia mi casa, o cuando alguna otra persona con prisa frenética me propine ahora con un codazo? A lo mejor lo necesite para reaccionar.

Un par de teclados mostrados, una guitarra. Mi planta que aún no logro ganar, y la promesa de un pastel, hacen que posponga el pensarte por un rato; ya estoy a cuatro cuadras de casa y tú regresas conmigo. Ninguna hoja de papel en el piso, llenándose de inmundicia. Apareces en un charco, te imagino estudiando, visitando a alguna amiga, terminando algún proyecto, escuchando alguna sinfonía de Mozart o igual viendo la tele. Piso el agua, y las olitas hacen que tu reflejo se desvanezca. Ahora me miro yo, hecho certeza: mirada algo apagada, ojos opacados de tristeza, algunas arrugas ya, cierta flaccidez, la panza de los treinta. El ánimo por el piso, más bien por el charco; con un parpadeo apareces ahora tú, lozanía pura, cargada de sueños y metas, con todo por delante. Y lo mejor de todo: sin ganas de estar con alguien, por el momento así estás bien. ¡Oh, vié la libertè! Certeza pura: ¿qué cien años no son nada? Puede ser. Pero doce, son demasiados.

Una ráfaga me eriza la carne. Son sólo cuatro cuadras y doce años que te llevo y diecinueve que tú tienes y no puedo creerlo: otro papel vuela directo a mí. Sin esquivarlo, dejo que me roce a su antojo, mis pestañas protestan, simulo que sonrío y reanudo la marcha, y con ella vuelvo a pensarte. ¿Tú te das cuenta de todo esto? ¿Es que podría resultar, darse algo? ¿Es que seguiré sintiendo estos nervios juveniles siempre que intente llamarte, invitarte un café o a cualquier sitio? Desde este charco donde te evoco, te digo: tienes una madurez impresionante para tu edad, una frescura que me vivifica como té helado de limón en una playa de Vallarta, varios sueños a futuro tales que al menos en alguno me encantaría montarme, emanas una tranquilidad que ya quisiera un poco de ella para pegar el ojo dos horas al menos durante mis peores insomnios; irradias esa paz que mi alma aún muy joven pero empañada a golpes pide a gritos, tienes una cultura que sería formidable compartir, impulsar y aprender de ella. Y estás guapísima, además.

Recuerdo que te gusta el piano. También que me has escuchado por teléfono tocar, y que acaso te gustó. Llego a casa. Los dientes tocan la punta de mi lengua y ahora sin papeles volando, en letras fosforescentes detrás de mis párpados recuerdo la frase: “Angélica tiene expresión de un río que quiere caerse a la cuesta de un valle”. Tú sabes quien la dijo, una tarde al calor del sol y de la literatura. Yo, quizás no soy un río, pero alguna vez quise ser una cascada. Un torrente. Hay veces que también quiero caerme a la cuesta de un valle. Pero otras, preferiría caer hacia el vacío de la nada.

Saludo al silencio de cortinas revueltas y polvo esparcido en la soledad nocturna de mi cuarto. Cierro la ventana que olvidé a medias. Cambio de opinión, y apago el piano. Me dan ganas de llorar.

Javier Escalante. 15 de Marzo 2006

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