Archivo | Literatura RSS feed for this section

Un alienígena saltarín.

21 Sep

Hubo alguna vez, en la inmensidad del espacio, un pequeño extraterrestre de color verde claro, piel como la goma, un solo ojo y una antena en la cabeza. Este pequeño amigo se la pasaba saltando de galaxia en galaxia, tratando de buscar algún sitio con un canto similar al de su planeta muerto. Pero siempre tenía el mismo problema. El pequeño miembro que tenia sobre su calva no captaba ni una sola voz que emergiera de los mundos que visitaba. Su soledad se torno en tristeza durante muchos siglos. No fue hasta que llego a una esfera agujerada que escucho un silbido placentero. Se volteó hacia la fuente de la dulce voz. Su ojo divisó una pelota azulada con manchas de rocas y un toque de verdes enredaderas. No podía creer semejante maravilla. A cada paso que daba, la melodía se hacía más hermosa. Llegó a los límites de la luna. Un paso más y quedaría nadando entre las estrellas. Su antena sufrió de un deleite exquisito. Entonces, pensó que la música debía de sonar aún mejor dentro de aquella tierra nueva. Contó hasta tres y con una zancada se aventó hacia la esferita. En su descenso, escuchó infinidad de palabras, deseos, voces, cariños, amores, dones y amistades, enamorándose de aquel planeta. Más solo toco tierra, se topó con un aire podrido, vehículos metálicos, pesadillas,  amenazas, voces que no volverían jamás, sollozos, guerra, engaños, traición e insultos. Toda una maraña de perdición. No tardó en que los humanos de la zona trataran de aplastarlo al verlo. Asustado, volvió a saltar hacia las alturas. Estaba por abandonar el planeta cuando la calma volvió a su espíritu. La orquesta divina volvía a posarse dentro de su antena. ¿Cómo semejante lugar podía tener una canción tan bonita y tener unos músicos tan despiadados? Podía volver a su viaje, pero estaba seguro de que jamás volvería a encontrarse con tal oasis. Detuvo su impulso antes de pasar la última nube. Le fue imposible abandonar. No importaba que los seres nativos lucieran como unos monstruos, percibía bondad en sus corazones, y al mismo tiempo, el reflejo de su especie perdida. Sentimientos que nunca creyó volver a oír, se arremolinaban en su ser. La verdad se desbordaba en el abrazo de las nubes. Semejante pureza hacía que valiera la pena entrar en el infierno. Por ello mismo, se quedó en la tierra hasta el final de sus días. Se mantuvo en los cielos y solo tocó piso para impulsarse nuevamente hacia su paraíso, y así lo hizo. Es por ello que siempre miro al cielo, o subo mi ventanilla cuando viajo por avión. Quién sabe, quizás tenga suerte y vea a un pequeño alienígena sobrevolando las nubes, en su sueño interminable por fundirse con el canto de la tierra.

 

Anuncios

Vísperas

19 Jul

Visperas

(caminata con Plutarco)

Ana C Rosshandler

¿Alguien puede decirme

a dónde va mi vida?

¿Soy un soplo en la tormenta,

o una onda en el lago?

¿Soy, por ventura,

este pálido y blanco abedul

que se estremece en la primavera?

Rilke.

Al fin nos convertimos en noticia.

Torpes escarabajos nos movemos del linde.

Tras el dintel, la brisa, mansa jarana,

nos aguarda hora rasa.

Bailan vaho las flores a punto de fenecer.

No nosotros.

Se espulgan melindres las aves, cara al último fogonazo.

Ni por aquí…

Olfato, morro persigue poros.

¡Ni al caso!

Somos esas caracolas que anillos circundan la playa:

fragmentos que se gastan contra la marea, cascabeles

cuyo cosquilleo enmudeció. Gota a gota nuestra piel

se resquiebra coraza. Por ahí, una estela de orín

nos invita a reconocernos. Pasa inadvertida.

Mañana aquí estaremos frente al mar.

Por consigna, un repetir la despedida.

Mientras lo demás, muere y renace

a nuestros pies. No se despide.

Se consume fatuo;

tanto, que se olvida del atardecer.

Hora nona

2 Jul
Gólgata = Cerro de las calaveras

La Paz, BCS


Hacia las tres de la tarde, Jesús exclamó en alta voz: “Elí, Elí, lemá sabactani”, que significa: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Evangelio según San Mateo

Graznido, turbulencia, gira el picaporte.

Afuera, el Gólgota lustra escamas

que cascabeles dan la hora.

Argentino guiña el piélago.

Arde tango, plañidero, ajeno al retozo.

Se complace espectador del sopor

que emana de los almarjales,

quietas garzas ensueñan anfibias mocedades

entre ermitaños que, a duras penas,

sostienen su techumbre.

Ayyy, es la hora de la iguana, trajín

sacude al perezoso. Vinagre,

el umbral se desgañita voraz.

No hay escapatoria: uno por

ese ojal, hilo, no cabe a sus anchas

pero ha de ser el primero, el elegido

que dé el primer paso, místico maltrecho,

en busca de su sustento, irredento apóstol.

Ana C Rosshandler F

 

 

Voltario

1 Jul

Lluvia es el nombre de mi amante. No le gusta que le diga “Pluvia”, ni que le explique que esa es la palabra original. Cierra lo ojos y tapa sus oídos cuando se da cuenta que voy a empezar a lucubrar sobre las cualidades míticas de ese fenómeno que le da nombre a su nombre. Le digo que es el lazo de unión entre el cielo padre y la tierra madre y que todos los hijos es todo el manto verde que cubre los montes. Pero sin lluvia (“Sin ti”, le digo) esto no sería posible. Por eso todos los pueblos politeístas le dan un sentido mágico, la denotan como entidad individual, la piden al cielo, la invocan en ritos que han de ser lo más viejos de todos los ritos, porque resulta obvio que los hombres y las mujeres comprendieron la analogía del agua que cae y la simiente al

"llueve, Lluvia"

"llueve, Lluvia"

mismo tiempo que comprendieron la primera analogía. Bueno, ya no le dan, ni la piden ni la invocan. Todos los niños de secundaria saben producir lluvia por encima de la cafetera, colocando la boca de un vaso de vidrio en la salida del vapor. Sólo soy yo que le digo Lluvia lo que no quiere oír. Dice que es de lo más tonto pensar cosas viejas, invalida por la poesía de Novo y los prefacios de Drúker Colín, que está bien para un libro de León Portillo o de Alfonso Caso, pero no para decirlo en la cama. Yo suspiro y no puedo evitar decir que no ha pasado mucho tiempo desde entonces -desde aquellos santos últimos días en los que se estimulaba al cielo desde la tierra para que dejara caer el diluvio creador- y aunque ahora la lluvia no moje la tierra por el profiláctico asfalto y el agua corra por túneles infectos bajo la tierra hasta regiones desconocidas, no por ello en alguna parte la mixtura oscura en que el líquido una vez puro se ha convertido, en alguna parte, insisto, no ha de regresar a su estado primordial para luego precipitarse con la misma inexorabilidad.Ella sonríe y me pide me calme. “Ven, ven”, susurra con esa voz que ilustra mejor sobre lo inevitable, que se parece tanto a la fuerza de gravedad. Luego, siempre, con sus piernas mis caderas me quiere convencer de que estoy equivocado, quiere llenar mi mente con esas frases oscilantes, primitivas, guturales. Pero todo encaja. Cando llega ese sagrado momento en que le digo “llueve, Lluvia”, llueve. Es el único momento en que me escucha, aunque diga después que no se acuerda y no permita que yo se lo cuente.

GÁMEZ Vásquez, Sandino. La ciudad y los campos.

 

Río que quiere caerse

1 Jul

         

 

Para Angélica Eliosa

Una hoja de papel cruza por enfrente de mí. Roza mis pestañas, motivada por el viento de esta tarde húmeda y bochornosa. Hace que se me escapen tres o cuatro pensamientos, a estas alturas ya no sé la cantidad. Me detengo justo antes de bajar al arroyo de una calle transitada. Mecánicamente, miro hacia los lados y al frente, la cuenta regresiva en el ámbar del semáforo peatonal señala diez segundos acompañado del monito rojo en posición de firmes; clavado ahí, miro el papel que me arrancó de cavilar y dos pestañas, atorado sólo un instante a la entrada de una alcantarilla. Ahora ya puedo cruzar mientras voy pensando que quizás no me distrajo, que más bien salvó mi vida. Esa hoja tenía algo y no sabré qué. A veces a esto se le puede llamar buena suerte, o que no me tocaba, o quién sabe cuantas cosas que ignoro. Lo que no ignoro, es la razón por la cual vengo pensando. Vengo pensando en ti.

Reanudo la marcha, y mi cerebro en automático reanuda la suya, cabeza y pies sufriendo de sincronía. Sí, pienso en ti. Ahora intento recordar lo que hace unas semanas alguien te dedicó espontáneamente, y tú casi olvidas, está a punto de aparecer en mi lengua; la punta juega con el inicio de la frase, ya viene; una media azul marino busca ganarle el paso y el espacio a mi mezclilla, pierna obstinada, bien torneada y de taconeo seguro. Muerdo la punta de mi lengua admirando su falda armonizando con el resto de su cuerpo y la frase se me escapa, vuelve a su cajón, a su archivero; la oficinista de azul, con esa prisa, seguramente regresa también al suyo.

Sigo caminando, pies y piernas conectadas a mi pensamiento, por más pisotones que les otorguen. Sigo recordando esa última charla telefónica  que tuve contigo. Pero la frase, ¿cuál era? Ya vendrá. Ahí está, late agazapada, esperando saltar desde algún cajón de mi archivero. ¿Pensaba en ti, no? Pues bien. Aquí estás, ahora de blusa roja y jeans. Lacia cola de caballo –al menos siempre te veo con el pelo así-, seria, apenas una muy leve sonrisa asoma por las comisuras de tus labios. Tenue, escuchando los comentarios, leyendo. Reposada, pasando desapercibida, pequeña y blanca. Pedazos de recuerdos de ti, además de los que tendré de ahora en adelante.

Seguramente se trata de algo que no termino de admitir. Es algo a lo cual no quiero soltarme aún. Me pregunto: ¿será posible que, en sólo unas semanas, con sólo algunas llamadas, una salida a un concierto, un par más a cafés, esté pasándome algo parecido a sentir que así como que creo que igual y no sé pero en fin…? Mmm, basta de rollos, Javier. Al grano. Creo que me estoy enamorando de ti. Como tú sabes, no termino de admitirlo. ¿Lo haré al llegar a la próxima esquina, o cuando llegue al metro Hidalgo? ¿Regresando del trabajo hacia mi casa, o cuando alguna otra persona con prisa frenética me propine ahora con un codazo? A lo mejor lo necesite para reaccionar.

Un par de teclados mostrados, una guitarra. Mi planta que aún no logro ganar, y la promesa de un pastel, hacen que posponga el pensarte por un rato; ya estoy a cuatro cuadras de casa y tú regresas conmigo. Ninguna hoja de papel en el piso, llenándose de inmundicia. Apareces en un charco, te imagino estudiando, visitando a alguna amiga, terminando algún proyecto, escuchando alguna sinfonía de Mozart o igual viendo la tele. Piso el agua, y las olitas hacen que tu reflejo se desvanezca. Ahora me miro yo, hecho certeza: mirada algo apagada, ojos opacados de tristeza, algunas arrugas ya, cierta flaccidez, la panza de los treinta. El ánimo por el piso, más bien por el charco; con un parpadeo apareces ahora tú, lozanía pura, cargada de sueños y metas, con todo por delante. Y lo mejor de todo: sin ganas de estar con alguien, por el momento así estás bien. ¡Oh, vié la libertè! Certeza pura: ¿qué cien años no son nada? Puede ser. Pero doce, son demasiados.

Una ráfaga me eriza la carne. Son sólo cuatro cuadras y doce años que te llevo y diecinueve que tú tienes y no puedo creerlo: otro papel vuela directo a mí. Sin esquivarlo, dejo que me roce a su antojo, mis pestañas protestan, simulo que sonrío y reanudo la marcha, y con ella vuelvo a pensarte. ¿Tú te das cuenta de todo esto? ¿Es que podría resultar, darse algo? ¿Es que seguiré sintiendo estos nervios juveniles siempre que intente llamarte, invitarte un café o a cualquier sitio? Desde este charco donde te evoco, te digo: tienes una madurez impresionante para tu edad, una frescura que me vivifica como té helado de limón en una playa de Vallarta, varios sueños a futuro tales que al menos en alguno me encantaría montarme, emanas una tranquilidad que ya quisiera un poco de ella para pegar el ojo dos horas al menos durante mis peores insomnios; irradias esa paz que mi alma aún muy joven pero empañada a golpes pide a gritos, tienes una cultura que sería formidable compartir, impulsar y aprender de ella. Y estás guapísima, además.

Recuerdo que te gusta el piano. También que me has escuchado por teléfono tocar, y que acaso te gustó. Llego a casa. Los dientes tocan la punta de mi lengua y ahora sin papeles volando, en letras fosforescentes detrás de mis párpados recuerdo la frase: “Angélica tiene expresión de un río que quiere caerse a la cuesta de un valle”. Tú sabes quien la dijo, una tarde al calor del sol y de la literatura. Yo, quizás no soy un río, pero alguna vez quise ser una cascada. Un torrente. Hay veces que también quiero caerme a la cuesta de un valle. Pero otras, preferiría caer hacia el vacío de la nada.

Saludo al silencio de cortinas revueltas y polvo esparcido en la soledad nocturna de mi cuarto. Cierro la ventana que olvidé a medias. Cambio de opinión, y apago el piano. Me dan ganas de llorar.

Javier Escalante. 15 de Marzo 2006

Video de lectura del poema: “Hay sol en las rocas”

1 Jul

Muchas impresiones me surcan

La tierra ansía mi presencia

Me envuelve el correr del agua regalo del huracán

Ningún triste sentimiento retengo al ver que toda belleza recupera su esencia

 

Deslizarme a través de la suave arena otorga una sensación placentera,

Mis pies rozan la cálida humedad del río,

El pensamiento de abandonar el lugar me es imposible con tal atmósfera

 

Yazco sentado bajo el torrente de una cascada

Su dulce fluir lo detiene todo

A cada gota que cae escucho una pequeña risa de hada

Mientras trato salir ambas manos de la corriente intentan jalarme hacia su fondo

 

Caen y me rozan las frágiles hojas

Descanso a los pies de una majestuosa ceiba

Resistir soñar es imposible con tan radiantes nubes rojas

  

Un brillo sobresalta mis parpados

Dos pares de alas pasan a mi lado

La parábola del sol comienza a descender entre los prados inundados,

Descubro la causa de mi despertar…son las rocas y la luz, compartiéndome su don mientras marcha el atardecer alrededor del valle olvidado.

 

 

 

 

 

 

 

 

Video lectura poética

1 Jul

 

Hoy descubrí en mis ojos

tu figura maltrecha,

dormida en mariposas

bellas, efímeras.

Aletear que se posa aquí,

que se posa allá,

y no hay pétalo que cuente su morir.

Hoy descubrí dentro de tí

ese rubí enmarañado en telarañas

— dice mi abuela que las telarañas

sirven para estancar la sangre

de las heridas –.

Se te olvidó después lavarlas.

Hoy descubrí que el amor

se construye y se destruye

parsimonia dulce,

palabra que resuena mis defectos.

Hoy descubrí que no es verdad,

el mundo no gira en torno nuestro,

y que nosotros nunca giramos

en torno a nada.

Hoy descubrí

que puedes restregarte

y restregarme en otro cuerpo

y el mundo seguirá girando

y nosotros enterrados,

enlodados, creeremos que es nuestro.

Hoy descubrí

que no hay verdades absolutas.

Me enseñaste a mentir en mi silencio.