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Nuevo amigo

29 Jun
Corría la primera semana de Julio y las tardes de Querétaro nunca habían estado tan agradables. Los padres de Reynaldo lo llevaron a una pequeña plaza a la que acudían todas las familias de hacendados. Diario asistían niños de todas las edades, mujeres con sus damas de compañía y hombres viejos que se reunían para compartir hazañas y experiencias. A Reynaldo le gustaba sentarse cerca de un señor, cuyo nombre nunca conoció, para que le platicara sobre aquel país llamado España.
Ya estaba por caer el sol y la madre del niño se encontraba charlando con las esposas de los amigos de su padre mientras que él charlaba con éstos. La mayoría de los amigos de Reynaldo iban regresando a sus casas mientras que él poco a poco me quedaba solo sobre el kiosco.
Del otro lado de la plaza había un gran y apenas iluminado callejón, que atravesaba la cuadra, en el que le gustaba esconderse para que su nana lo buscara preocupada; aprovechó que el sol se había ocultado por completo y que su nana se encontraba distraída para correr al callejón y esconderse dentro de él. Corrió lo más rápido que pude para que ni sus padres ni su niñera lo vieran, pero cuando llegó al umbral de aquel callejón alcanzó a divisar una figura alta y estilizada entre las sombras.
Había un hombre irrumpiendo su escondite y era cuestión de tiempo para que alguien lo encontrara.
– ¿Qué hace aquí? –preguntó haciéndole frente – Este es mi escondite. Búsquese el suyo.
– Pensé que estaba desocupado… – dijo. Su voz era suave y envolvente– pero ven, niño… ¿Cuál es tu nombre?
Dio un par de pasos y la luz de una lámpara de nafta le iluminó el rostro y gran parte de su atuendo. Su rostro era pálido, sus labios carmesíes y sus ojos, que parecían brillar bajo el efecto de la luz de nafta, eran color miel; su cabello era largo, rubio y recogido por un lazo negro detrás de la nuca; llevaba puesto un sombreo de copa, guantes blancos y usaba capa.
– Reynaldo Villavicencio –respondí.
–Tienes un bello nombre. ¿Quieres ser mi amigo? –preguntó abruptamente. Reynaldo sólo asintió. No presentía peligro alguno– Muy bien.
– ¡Reynaldo! –desesperada, gritó  la niñera del niño cerca del kiosco.
– Te están buscando y será mejor que acudas al llamado. Tú y yo nos veremos después.
– ¡Reynaldo! ¡Date prisa! –urgió Manuela, la nana.
Reynaldo giró su rostro hacia ella durante un segundo y cuando quiso despedirse de su nuevo amigo… ya no había nadie frente a él ni dentro del callejón.
Fotografía: Kevin Vásquez
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