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29 Jun

Desde siempre la humanidad ha destinado un espacio para rendir homenaje a los hombres y mujeres extraordinarios que, por sus dotes, servicios y aportaciones, han contribuido al crecimiento y prosperidad de sus pueblos. Así, en la antigüedad encontramos los más conocidos recintos destinados a tal fin, como son el Olimpo en Grecia y el Partenón en Roma, donde habitaban los dioses de cada una de estas civilizaciones.

Si damos un enorme salto en la historia, en tiempos recientes encontramos nuestros propios panteones cívicos a los que se les ha bautizado como Rotonda de los Hombres Ilustres que, en el caso de Baja California, se creó en la década de 1980 con el objetivo de reconocer a los sudcalifornianos más destacados.

Sin embargo, intentando ser justos en dicho reconocimiento, en nuestra Rotonda los que ahí se encuentran no son todos los que deberían estar, pues existen muchos más sudcalifornianos que, a lo largo de nuestra historia reciente, han entregado su vida personal y profesional a favor de nuestra entidad. Así, en cada comunidad de nuestra media península podríamos reconocer a más de un hombre o mujer que han sido valiosos y extraordinarios para el desarrollo del ámbito en el que les tocó vivir.

En ese sentido, bien vale la pena sincerarnos y decir que mucho es lo que nos falta por reconocer de nuestro pasado, de ahí la necesidad de rescatar incontables pasajes de la microhistoria sudcaliforniana y empezar a conocer la vida de muchos hombres y mujeres en cada rincón de nuestra geografía estatal que han sido factor importante del desarrollo de sus rancherías, pueblos y ciudades.

Por ello, resulta trascendente conocer la visión y el trabajo que en beneficio del entonces territorio Sur de la Baja California llevó a cabo el doctor Cirilo Mondragón Ochoa, a quien podremos acercarnos a través de la lectura de la biografía que su nieta, Luisa Paulina Mondragón García, ha publicado en la obra El Dr. Cirilo Mondragón en Santiago: la labor de un pionero en una comunidad sudcaliforniana, que en estos días se da a conocer bajo el sello editorial del Gobierno del Estado, a través del Instituto Sudcaliforniano y el Archivo Histórico Pablo L. Martínez, en coordinación con el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes.

Como bien señala la autora, “de tales pueblos surgen hombres y mujeres que trazan también la historia sudcaliforniana, por lo que conocer sus vidas colabora en el fortalecimiento de la identidad regional,” por lo que encontramos una investigación que se acerca a los primeros años de la actividad profesional del doctor Mondragón Ochoa en tierras sudcalifornianas (no obstante que la desarrolló durante un periodo muy extenso, hasta la década de los ochenta).

El médico Mondragón Ochoa nació en 1904, en la Hacienda de San Antonio Calichar, en el municipio de Apaseo El Alto, Guanajuato, siendo el tercero de doce hermanos de la familia formada por Federico Mondragón y Sofía Ochoa. Ingresó a la Escuela Nacional de Medicina en 1925. Él mismo comenta que llegó al territorio mediante invitación del propio general Francisco J. Mújica, cuando éste había sido nombrado gobernador del territorio al iniciar la década de 1940.

Aún cuando llega en el segundo semestre de 1941, al Valle de Santo Domingo, donde se encarga de reorganizar el sistema médico existente, es hasta febrero del año siguiente cuando cambia su residencia a la localidad de Santiago e inicia una larga y fructífera labor profesional que impacta positivamente en el desarrollo de su propia comunidad y de otras en el sur peninsular, en una época cuando eran escasos los médicos titulados, como Raúl Carrillo y Francisco Cardoza (quienes también destacarían en su profesión).

El doctor Mondragón Ochoa murió en junio de 2007, poco antes de cumplir 103 años, pero su trabajo y ejemplo de servicio a la comunidad continúa vigente y ahora se nos brinda como un recordatorio de los extraordinarios sudcalifornianos que han contribuido desinteresada y apasionadamente al desarrollo de nuestra entidad.

Juan Cuauhtèmoc Murillo

(Revista Arena, La Paz,  julio 2011)