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Voltario

1 Jul

Lluvia es el nombre de mi amante. No le gusta que le diga “Pluvia”, ni que le explique que esa es la palabra original. Cierra lo ojos y tapa sus oídos cuando se da cuenta que voy a empezar a lucubrar sobre las cualidades míticas de ese fenómeno que le da nombre a su nombre. Le digo que es el lazo de unión entre el cielo padre y la tierra madre y que todos los hijos es todo el manto verde que cubre los montes. Pero sin lluvia (“Sin ti”, le digo) esto no sería posible. Por eso todos los pueblos politeístas le dan un sentido mágico, la denotan como entidad individual, la piden al cielo, la invocan en ritos que han de ser lo más viejos de todos los ritos, porque resulta obvio que los hombres y las mujeres comprendieron la analogía del agua que cae y la simiente al

"llueve, Lluvia"

"llueve, Lluvia"

mismo tiempo que comprendieron la primera analogía. Bueno, ya no le dan, ni la piden ni la invocan. Todos los niños de secundaria saben producir lluvia por encima de la cafetera, colocando la boca de un vaso de vidrio en la salida del vapor. Sólo soy yo que le digo Lluvia lo que no quiere oír. Dice que es de lo más tonto pensar cosas viejas, invalida por la poesía de Novo y los prefacios de Drúker Colín, que está bien para un libro de León Portillo o de Alfonso Caso, pero no para decirlo en la cama. Yo suspiro y no puedo evitar decir que no ha pasado mucho tiempo desde entonces -desde aquellos santos últimos días en los que se estimulaba al cielo desde la tierra para que dejara caer el diluvio creador- y aunque ahora la lluvia no moje la tierra por el profiláctico asfalto y el agua corra por túneles infectos bajo la tierra hasta regiones desconocidas, no por ello en alguna parte la mixtura oscura en que el líquido una vez puro se ha convertido, en alguna parte, insisto, no ha de regresar a su estado primordial para luego precipitarse con la misma inexorabilidad.Ella sonríe y me pide me calme. “Ven, ven”, susurra con esa voz que ilustra mejor sobre lo inevitable, que se parece tanto a la fuerza de gravedad. Luego, siempre, con sus piernas mis caderas me quiere convencer de que estoy equivocado, quiere llenar mi mente con esas frases oscilantes, primitivas, guturales. Pero todo encaja. Cando llega ese sagrado momento en que le digo “llueve, Lluvia”, llueve. Es el único momento en que me escucha, aunque diga después que no se acuerda y no permita que yo se lo cuente.

GÁMEZ Vásquez, Sandino. La ciudad y los campos.